Desde donde estoy veo la luna


Moon tiene la cara tan redonda y blanca como la luna, y sus cabellos del color de la noche envuelven su expresión de niña. Con diecinueve años ya lleva tres días durmiendo en la calle, cerca de un puesto de flores, porque Moon ha elegido ser libre y que su imaginación vuelve con la escritura, su mayor pasión.

Moon se gana la vida obsequiando con un instante de fugaz felicidad a los transeúntes a cambio de unas monedas: ofrece sonrisas, tímidas o de oreja a oreja, disimuladas o burlonas, pero raramente forzadas. Entre la plaza Saint-Mich y la avenida Víctor Hugo todos la conocen como "La pequeña vendedora de sonrisas".

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